Ya va siendo hora de que demos cumplimiento al nombre del blog, después de un par de semanas de viaje, hoy llegaremos a Myanmar. Como hoy sí tenemos controlado el tiempo para llegar al aeropuerto, nos levantamos con más tranquilidad y desayunamos. Luego preparamos las maletas, dejamos el hotel y nos vamos a la parada del Sky train que tenemos cerca.
Llegamos con tiempo al aeropuerto porque hay que pasar los controles de pasaporte, seguridad y verificación del visado para el destino.
Una vez en el avión nos damos cuenta de que la mitad del pasaje son españoles, queda claro que Myanmar está de moda. A Felipe le tocan al lado un par de chavalas a las que tiene que ayudar a rellenar las tarjetas de inmigración y aduanas porque su nivel de inglés es más bien justito.
En el aterrizaje se puede observar el paisaje típico del país: terrenos llanos, pagodas, ríos y campos inundados. Nuestro avión aterriza en Mandalay, al norte del país. Esta ciudad tuvo un aeropuerto dentro de la misma, pero el nuevo lo construyeron lejos del núcleo urbano.
Tras pasar los controles de entrada pertinentes buscamos un cajero para sacar efectivo; se ve que no hay billetes de grandes cifras porque nos sale un fajo enorme. En este aeropuerto no hay ni autobuses ni trenes que conecten con la ciudad, por lo que la mejor opción que tenemos es un microbus que va dejando a los turistas en sus hoteles.
La distancia entre el aeropuerto y el centro de la ciudad es de treinta kilómetros, algo que en cualquier país europeo se recorre en una medida hora, pero aquí debido al estado de la carretera y al caos circulatorio tardamos hora y media en llegar al hotel.
La parte positiva del trayecto y de que el microbus fuera dejando otros viajeros en sus hoteles es que nos hemos podido hacer una idea general de la ciudad: muy grande, con un diseño de cuadrícula, desordenada y caótica al estilo Vietnam, y en su mayor parte con construcciones bajas que se alternan con espacios vacíos y algunos edificios nuevos y altos. También pasamos junto al principal monumento de la ciudad, el palacio real de Mandalay.
A Trigueros le había advertido un compañero que estuvo de viaje por aquí que las calles no tenían farolas, algunas hay, pero la iluminación nocturna es muy deficiente. Hay que tener en cuenta que en estos países asiáticos no tienen horario de verano, por lo que a las siete de la tarde ya se ha puesto el sol.
Mientras Trigueros se ducha Felipe y yo entramos en un bar que hay junto al hotel para echar una cerveza, del lugar nos llama la atención el abridor para los botellines que es un trozo de madera con un tornillo y una tuerca en la punta, y una rata del tamaño de un conejo que atravesó el bar corriendo.
Para cenar elegimos un restaurante coreano que parece limpio, y para cerrar el día encontramos un bar donde probar cervezas locales y unos cócteles.
lunes, 17 de julio de 2017
Día 15. Llegada a Myanmar
Cócteles (a ver si el estómago aguanta)
Cervezas del país
Cena coreana
El tío del taco
Capitán general
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Epílogo
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